En la aduana.

A Sergio Neval. le hicieron pasar por el control del escáner de equipajes a su regreso a Madrid tras un viaje por Ecuador, Paraguay y Bolivia. Ya le habían revisado a fondo en Guayaquil, sus cosas analizadas como es de rigor.Una segunda comprobación, esta vez a un pasajero elegido al azar, o eso pensó él porque no sospechaba de ninguna condición de su persona, de su itinerario o de su equipaje que fueran particularmente sospechosas.

Llevaba una mochila negra y una pequeña maleta verde. Cuando la maleta pasaba por el escáner el guardia civil súbitamente se quedó semiparalizado, muy serio, mirando la pantalla  con los ojos muy abiertos pero inescrutables. 

Sergio no se preocupó, sabía que no traía nada comprometedor, nada ni remotamente ilegal.

Pero sí se alarmó cuando el guardia civil le pidió que colocara esa maleta sobre la larga, pulida hasta el brillo mesa metálica (le hizo pensar en laboratorios y autopsias) donde iba a hacer el registro minucioso.

-Abrala.

Sergio entonces sí temió que fueran malas noticias. Él nunca pone candado a la cremallera, tampoco pasa por el puesto que envuelve varias veces en plástico tensándolo y pegándolo a la maleta, haciendo imposible que alguien del aeropuerto, los que manejan los equipajes, hubiera enredado ahí dentro, robado o quizás hubiera metido algo…

El guardia, con la expresión grave, se inclinó y miró en el interior. Sólo había telas plegadas, en tres bultos distintos. Uno más grueso porque era la pieza completa, cerca de once metros. Los otros dos eran retales, uno de seis, el otro de siete u ocho metros.

Pasó repetidamente la mano abierta entre los distintos pliegues. No miraba al viajero. Escrupuloso  en su tarea, podía incluso dar la sensación de estar ansioso por encontrar pruebas de delito.

Frotó entre sus dedos la esquina de uno de los tejidos. Después con otro. Lo hizo aplicando bastante presión, Sergio pensó que buscaba levantar rastros de polvos prohibidos impregnados en los tejidos. Luego el guardia acercó su nariz y olió aspirando con fuerza. Después otra vez.

Entonces regresó a la pantalla del escáner donde estaba la mochila de Sergio. Allí venía el ordenador, la tableta, cámara de fotos, de video además de todos los cables pertinentes. Y preguntó también sin mirarle como si la cosa fuera tan seria que no quisiera verse tentado a doblegarse por ningún rasgo humano de empatía: ¿desde cuándo estás de viaje? Sergio trató de recordar, no sabía la fecha exacta pero era hacía más o menos un mes.

-¿Y no tienes más equipaje que este?

Entonces se dio cuenta de que lo que le confundía al agente era que él no llevara ninguna ropa, ni unos pantalones, ni camisas, ni mudas, nada de nada. (Algo así ya le había ocurrido en la recepción de aquel hotel donde desconfiaron porque no llevaba equipaje ninguno).

-Dejé toda mi ropa en Ecuador. La regalé a los amigos.

El guardia parecía decepcionado frente a aquel contenido extraño pero no ilegal de simples telas por estrenar, tejidos nuevos, olor a fábrica y a químicos industriales.

Lo que buscaba el guardia y no estaba le hizo pensar a Sergio en lo que tampoco estaba y él sí iba a echar de menos: el olor cálido de sus ropas usadas, avivadas por varias semanas de exótico sol nuevo. Moldeadas con esmero por su propia piel reparada, contenta y por la de las personas a las que rozó,  a las que abrazó. Incluida aquella con quien se desnudó entre blandos empujones  hasta en doce ocasiones compartiendo sudor y excitación. Había renunciado a traer esos tejidos a casa. Por dejárselos a quienes los podrían querer y necesitar y por no someterlos al descenso brusco en el invierno al que él sí estaba obligado.

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De pesca.

No es sólo trabajo. Es mucho más. Por supuesto que se pasa frío. Las noches en el mar son duras, te lo ha dicho tu tío, te lo he dicho yo, se lo has oído decir a tantos compañeros nuestros, y los flacos lo pasan peor, aunque no todos… Pero estás trabajando y si te mueves el frío se te pasa enseguida y el tiempo se te hace corto. Hay un rato, al principio, entre que embarcamos y navegamos hasta el punto donde esa noche vamos a pescar, ahí vas hablando, comes algo, fumas si quieres, te preparas un té en el pequeño fuego que está toda la noche ardiendo. Sí, después llega el trabajo duro, echar las redes, luego recogerlas, volcar todo ese pescado dentro de la piragua (si has tenido suerte y hay pescado). Cuando ya tienes bastante o ha pasado la noche vuelves a casa. Pueden ser otras tres horas.  Abdul Gumaneh, aquel que no tenía miedo a las mareas más angustiosas pero le asustaban, y cómo, los perros, solía leer y releer un libro sobre Roma y sus emperadores. Muchos se duermen, se echan por encima los anoraks, se cubren las cabezas con los gorros, sí, pasas frio de madrugada pero ya está hecho lo mayor, ya has sacado un sueldo, ha merecido la pena.

Tú te quedarías en casa y no saldrías nunca al mar, sólo te gusta bañarte en la playa, echarte al sol, hablar y hablar de la vida con tus amigos. Y cantar. Eso sí lo sabes hacer muy bien. Da gusto oírte, tienes un don. Pero no naciste con él. Ni siquiera es exactamente un don, algo que tienes dentro y que ha llegado allí sin saber cómo ni porqué, que te lo hubiéramos pasado nosotros, tu padre y tu madre, como los rasgos de la cara o el color del pelo.

Esto ocurrió hace… once años, cuando tú tenías diez. Salimos al mar, me acuerdo que era finales de enero, no sé si un miércoles. Y ocurrieron… bueno, en aquel entonces Sirhan Marie era nuestro capitán. Era el dueño de la piragua, junto con sus otros tres hermanos. Aún no habían terminado de pagarla, tenían pendiente un préstamo grande con el banco.

Era buena época. Había peces para todos. De hecho habían venido barcas de pueblos cercanos, incluso de países vecinos.

Una tarde cuando el grupo se reunió en la playa para embarcar Shirhan vino con compañía. Con Johari, una muchacha croata –aunque de origen mauritano- a la que debió conocer en Francia y que había venido a visitarle. Nunca antes habíamos navegado con mujeres, no había mujeres pescadoras ni tampoco ninguna razón para que una chica se viniera con nosotros. Pero nadie puso pegas, era el jefe y, a pesar de que el trabajo los últimos meses había ido muy bien, últimamente le veíamos preocupado. Miramos extrañados, quizás alguien hizo una mueca o preguntó a un compañero… Ella llevaba un collar de cuentas de cristal azul, él uno de bolas de madera de ébano.

Era su enamorada, no había más que mirarlos. Según se acercaban a la orilla, no he visto nunca nada así,  los dos parecían caminar sobre delicadas telas suspendidas en el aire.

No dio explicaciones, nos saludó con una sonrisa. Se quedaron a popa, en aquel extremo, acurrucados, solos. Y se cubrieron, primero únicamente las piernas, más tarde habían desaparecido bajo una desgastada lona azul.

Lo que ocurrió después fue un milagro tras otro. Prepárate para los prodigios.

El movimiento que empezaba a hacerse notar bajo la lona -tratábamos de no mirar-  no se debía únicamente al manso vaivén producido por las olas, eso estaba claro, no somos tontos. Y nos desconcertó y perdimos la concentración en lo que estábamos haciendo. 

Moroni Boum  y Keita Elsayed se pusieron a cantar. Lo habían hecho otras veces, no es raro que cantemos cuando trabajamos o ya de regreso, sobre todo si estás satisfecho. Pero sus voces eran ahora distintas a las que conocíamos, menos apresuradas y más afables, no eran sus voces -Keita la mayor parte del tiempo es burlón, ya le conoces- para mí que ni siquiera… eran del todo ellos.

Aunque se sentaron y dejaron su trabajo no les echábamos en falta. Realmente cantaban bien.

El barco se movía guiado por tersas cintas invisibles que lo llevaran por surcos tallados con arabescos. El agua chapoteaba radiante contra la quilla y los lados del barco, daban ganas de atrapar la acrobática espuma y desmenuzarla. Recuerdo que quería recorrerla con los dedos. Las sogas rígidas, nuestros gruesos impermeables se esponjaron, se deshicieron de cualquier tensión. 

Las redes se colmaban muy rápidamente. Sin embargo los peces parecían no pesar. Hasta el punto de que daba la sensación de que los propios peces ponían de su parte para facilitarnos la tarea, como si dieran un salto, como si cogieran impulso para saltar por la borda y se ladearan a nuestro favor.

Era como un sueño mareante pero agradable en el que no distinguías si tus pies apoyaban en la madera mojada o en las estrellas movedizas. Asombrados soltamos las redes. Los peces seguían llegando.

Pero no caían unos sobre otros ni se revolvían ni se agitaban buscando de nuevo el agua, agonizando, abriendo y cerrando sus bocas con ansia de vivir, como ocurre siempre. No te lo vas a creer pero cada uno de ellos se giraban en el aire, hacía una cabriola, dibujaba un signo de centellas, un vuelo de colibrí y… se desprendía de… -me vas a decir que había fumado marihuana- dejaba elegantemente en el interior de la barca un gentil regalo para nosotros, una parte de su cuerpo, fresco, blanco y limpio … La cabeza, la raspa y la cola, en una nueva pirueta volvían al mar y en contacto de nuevo con el agua recuperaban la totalidad de sus cuerpos y su saludable aspecto revestido de escamas brillantes como arena encendida por el sol.

Sí, increíble. Lo sé, por eso de esto no hablamos ni cuando nos juntamos en el bar o en una celebración como la semana pasada en la boda en Abené, por eso y porque hay partes que ahora nos parecen cursis, no lo solemos contar salvo a los muy queridos, a los más cercanos. Por ejemplo a aquellos que al día siguiente comieron de aquel pescado extraordinario y ahora tienen cualidades magníficas, como la tuya de cantar, la de escribir los relatos que escribe Mor o la de bailar con la gracia con la que lo hace tu amiga Sarabi.

Dos hijos.

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El hijo mayor de Binata  de 23 años y el segundo de Jawara, de 22, se marcharon sin despedirse de nadie, sin avisar, tenían más que prohibido hacer nada así. Las dos familias comparten casa, los dos chavales estudiaban en la escuela de electricidad. (Uno ha vendido su moto y el móvil, el otro un televisor relativamente nuevo y además ha pedido un préstamo a su padre. Los dos escuchaban la radio en inglés a escondidas.)

Han pasado tres semanas desde ese día y no tienen noticias de ellos pero sospechan que, como tantos otros, estarán intentando llegar a Italia o a Grecia. Sus madres ni siquiera saben si han cogido una embarcación o van por carretera, quizás hasta Libia.

El muchacho de Ramatulai sí que llamó. Bueno, no él, unos ladrones que lo habían capturado. Le golpearon hasta que les dijo el teléfono de sus padres y a ellos les pidieron un rescate de cuatrocientos mil francos cfas. No pudieron reunir tanto, ni siquiera  la mitad, pero parece que fue suficiente.

Binata y Jawara por economizar comparten muchas cosas, también el teléfono.

Sin embargo a las dos les da miedo, ninguna lo quiere llevar encima, lo tienen en una repisa alta, junto a las dos linternas. No suena casi nunca pero cada vez les da un vuelco el corazón. SI no suena no es la peor señal, a menos que pase mucho tiempo. Si suena sólo quieren oír la voz de su hijo confirmándoles que ha llegado y que está bien.

Un martes alguien le contó a Binata que habían encontrado un grupo de jóvenes muertos en un camión que trataba de entrar en Francia. No le dijeron que entre ellos estuviera su hijo pero ella tuvo un ataque de ansiedad. Gritó, lloró, tiró al suelo la ropa recién lavada y tendida… y fue a por el teléfono. Le escupió, salió fuera y furiosa lo arrojó al pozo seco del patio de atrás. Cuando por fin se calmó buscó a Jawara y lloraron juntas, pero casi sin hacerse oír.

Esa noche no pudieron dormir. A las cuatro de la madrugada, las dos en la misma cama, se sobresaltaron con el sombrío sonido, semienmudecido de su teléfono.

El escorpión.

Lahad Cherif volvió a Kafountine. Llevaba las botas que le traje de Córdova el año pasado. Y su irrenunciable escapulario con la imagen de Seriñe Tuba. Un collar de esferas de arcilla y semillas en el interior de cada bola. Los pantalones, los de los Baye Fall, estos tenían rombos blancos y negros, la tela acolchada y en corte muy holgado y caído. Siempre con su gorra con la que protege del sol las muy negras rastas. El rostro áspero, como que se le hubieran incrustado minúsculos granos de arena en la piel. Tenía una cicatriz en el cuello, atravesando el tatuaje con el nombre de Fatumata que se había hecho hace tres o cuatro años. No dijo nada de la herida, nadie preguntó.

Vino tras visitar al marabú que vive al principio de la calle. Llegó al patio que hay tras el bar de Ousman donde nos juntamos algunos amigos. Nos saludó como hacen ellos, llevándose mi mano a su frente, ofreciendo la suya para que yo la acercara a mi frente. Se sentó en una de esas sillas de respaldo alto compuestas por dos tablones que encajan entre sí en forma de equis.

Le trajeron un té y un bocadillo de tortilla. Preguntó por Ibrahima Konthe. No sabíamos nada de él. Que se marchó a Mali, sí, pidió dinero prestado, no han llegado noticias suyas y cada día que pasa el pronóstico es más desalentador. Algunos terminan en hospitales, muchos en campos de concentración. No dan sus nombres, no dice cuál es su procedencia para que no los deporten. 

Hay quien llamó a sus familias cuando estaban casi llegando, frente a las costas, pero eso no significa que terminaran bien su viaje. Puede ocurrir que alguien venga a tu casa contándote que en un noticiario extranjero ha visto un vídeo donde se le distinguía a tu familiar en el grupo de los que habían desembarcado, que lo creyó ver envuelto en una manta pero bien.

Estábamos haciendo café de puchero, agua hirviendo, un paño como colador. Y unos cigarritos olorosos que para eso estamos en la trasera, cercados por las chapas de hojalata, para que no nos vean y no hablen. Fatu limpiaba los pucheros en los que iba a cocinar. Camina renqueante, tuvo un ictus y le ha quedado esa secuela. A cada rato venía Almah desde el bar para sacar alguna bebida fría del arcón que tienen bajo la sombra de unos árboles bajos.

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Me entregó una caja. A veces yo le regalo cosas, mi ropa, principalmente, cuando me voy de vuelta a España. Y hemos tenido conversaciones largas, uno al otro nos hemos contado confidencias, hemos bebido, viajado juntos.

La caja era de un reloj bueno, de marca italiana, pero no estaba nueva, todo lo contrario. Pensé si serían conchas, o cristales. No era nada de eso. Y yo no podría abrirla.

Venía del desierto, lo había cruzado, como tantas veces antes, con una caravana de tuaregs.

Más pesaroso de lo normal, que es mucho. Hablamos de los chicos que en los últimos meses se habían ido hacia Europa, de muchos de los que se sigue sin saber nada.

Muchos habrán muerto, ahogados en el Mediterráneo. Son ya miles. Se pudren en las aguas, los devoran los peces, se descomponen, desaparecen para siempre.

Tanta gente muerta -se lamentaba Lahad, las manos masajeando su rodilla… El sonido del mar, de las olas rompiendo en la playa hace tiempo que se ha agriado, supura lamentos de los muertos. Le responde la indignación de los vivos hartos de la cruel pasividad, de la indiferencia frente a la muerte que a unos acalla para siempre y a todos los demás nos disminuye. 

Tantos explotados. Los millones de africanos esclavizados también en países y por gentes que se reclamaban cristianas y libertadoras… El mar y la tierra rebosan de vidas truncadas, cadáveres anticipados, de gente que no debería haber muerto tan pronto. Lahad calló por un momento.

La superficie del planeta exuda la rabia y el rencor acumulado de tantos mártires. Y es un vapor tóxico que nos lastra a todos, nos hace más recelosos, miedosos, incapaces. Acorta nuestra esperanza de vida, como el humo de los coches, como el plomo en el agua que bebemos. Nuestros padres, los padres de nuestros padres, muchas generaciones anteriores a nosotros ya estaban infectadas. Ya sufrieron la carga y el freno, ya se envenenaron. Nuestro horizonte se acorta, nuestras posibilidades se corrompen porque ese aliento pútrido, ese óxido y ese peso doblan nuestros cuerpos y abotargan nuestras mentes para todo lo que somos y lo que queremos hacer.

Y todavía gravará más el futuro de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. Puede llegar un momento en que el peso crítico de toda esa cólera estalle como explota una olla, un volcán.

Antes de que el sol estalle y nos abrase, o antes de que se enfríe y se apague, antes de que el mar o la tierra nos trague,  antes de cualquier otro desastre nos alcanzará –ya nos pisa los talones, trepa por entre nuestras piernas- el hálito fétido.

Apenas hay lugar en el planeta que no esté contaminado. El racismo, la xenofobia, el odio han provocado millones de muertes a lo largo y ancho del globo. Casi no hay punto de la Tierra donde a doscientos, a cien kilómetros a la redonda no haya ocurrido un crimen.

Quizás en el interior más inexplorado, desolado, yermo, árido, infecundo de un desierto, en el punto más inaccesible de un océano, de una selva inaccesible.

Del corazón del desierto del Sahara, de un valle pedregoso de la zona de Ahaggar trajo Lahad su regalo escondido en la caja. Nos contó que se trataba de un escorpión.

Lo consideraba un ser afortunado que por vivir en aquel territorio no habría estado expuesto a las emanaciones del odio.

Yo no debía dejarle salir. Por mi seguridad pero principalmente por la suya.

Los escorpiones son extremadamente frugales, pueden vivir meses sin comer.  Aún así había traído del mismo lugar y en un bote unas arañas y otros insectos parecidos a cucarachas,  que yo introduciría paulatinamente en la caja como alimento. Beber agua no era imprescindible, la sangre de los bichos bastaría. Resistentes al calor, al frío, a las radiaciones, a este lo atrapó cuando salía de un túnel en la duna, de madrugada.

¿Qué quería Lahad que hiciera yo con el escorpión? Nada. Escúchalo moverse en la oscuridad, siéntelo puro. Yo me lo llevaré de vuelta a su duna. Quería que lo tuvieras unos días, no sé, pensé que quizás te animabas a venirte conmigo, a acompañarme de regreso al desierto.

Lahad sabía que no podría volver al desierto. Estaba muy enfermo. Prefirió elegir él el día de su muerte. 

Un atardecer, con el sol ya fuera del horizonte, introdujo su mano en la caja del escorpión. Se echó en el suelo, se recogió sobre sí mismo, cruzó sus brazos sobre la cintura y apoyó su mejilla derecha en la arena. Cubrió su cara con el extremo del turbante.

Yo ya no sabía qué hacer con su regalo. Pensé en deshacerme de él cuando definitivamente dejara de moverse, sencillamente creí que lo podría enterrar junto al cuerpo de mi amigo.  Sin embargo se impuso la opción que, en aquel momento -consternado como estaba- me pareció obligada y comencé los preparativos para mi viaje al interior del desierto.

El lazarillo.

Obama era un anciano ciego. Para ocultar las cuencas vacías de su ojos llevaba gruesas gafas donde en lugar de cristales había puesto recortes de envases de zumo. Vestía un turbante que no se quitaba nunca porque dormía sentado para evitar los reflujos intestinales que le martirizaban. Nunca se bañaba.

No llevaba ropa interior, sólo una gruesa capa de lona de saco. Asunta, la monja, cosió petachos de telas traídas de Gambia hacía más de veinte años para los trajes de una boda.

Sin dinero ni familia su manera de salir adelante, de comer cada día era recorrer las calles mendigando.

Iba de mano de Abdul, un chaval de 16 años que le servía de lazarillo.

Estuvo con él cuatro años, hasta que el joven enfermó de malaria. Era un chico servicial y paciente. Obediente, sumiso. Salvo cuando le estafaba. Algunos días, antes de salir, Abdul cogía ocho o diez monedas de poco valor y se las metía en el bolsillo. En el momento en que alguien les daba una limosna el joven, con mucha habilidad, se la guardaba y en su lugar entregaba con la otra mano al viejo una de las piezas menores. No lo hacía todos los días, no era tonto ni demasiado avaricioso.

Cuando Abdul falló el hombre recurrió a Senghor, un chiquillo del barrio, el tercer hijo de una pobre viuda.

El crio había dejado de ir a la escuela. Probó salir con los pescadores, también ayudar en una tienda, limpiar taxis… nada le duraba.

Tampoco habría aceptado acompañar al ciego si no fuera porque su madre le amenazó con echarle de casa y alquilar su cama.

El primer día de su ronda juntos recorrieron las casas y los comercios pegados al campamento militar y de allí siguieron hasta la estación de los autobuses.

Obama caminaba con su mano apoyada en el hombro del chico, a veces a su derecha, otras a su izquierda, dependiendo de cómo estuvieran los caminos o de qué obstáculos  había que salvar: coches aparcados, bolsas de basura, un perro durmiendo, un par de ovejas que iban de un lado al otro de la carretera perdidas y asustadas por el tráfico.

Se paraban frente a quien fuera que se encontraban y el crío extendía su mano. En caso de que no obtuvieran respuesta seguían su ruta. Solían quedarse un tiempo más largo frente a los turistas, los extranjeros, casi siempre terminaban por darles algo aunque sólo fuera porque se sentían muy incómodos.

De todo lo recaudado el chaval no se llevaba nada, una tercera parte estaba destinada a su madre pero Senghor pronto se dio cuenta de que el viejo no le daba lo que le correspondía.

Con lo que pasó a burlarse y aprovecharse de él. Mediante muecas y mimo -no hacía ningún ruido, no soltaba una palabra. Pretendía que cogía una botella imaginaria y se echaba un buen trago, se balanceaba, ponía los ojos en blanco. Daba a entender que el viejo se gastaba las limosnas en cerveza y que borracho se meaba en los pantalones mojándose hasta más allá de las rodillas.

La gente se divertía y Senghor, con el dedo índice sobre los labios, los ojos abiertos como platos y gesto de falso terror les reclamaba que no le delataran con sus risas o sus comentarios.

Le daban bastante más dinero que antes, con lo que el chaval entregaba a Obama suficiente recaudación como para mantenerle confiado y satisfecho.

Los animales más altos. Y los más picantes.

Pedro tenía entonces 10 años. Eugenia 12, Eusebio 13 y Eva 15. Nacidos en México. El viaje era un regalo, se lo prometió Manuel, el padre, para cuando Eugenia, que apenas comía y no terminaba de crecer pasara del metro sesenta de altura. “Os llevaré a ver jirafas” -les prometió su padre.

Estaban vacunados contra la fiebre amarilla y tomaron, empezando dos semanas antes de emprender el viaje, unas pastillas contra la malaria.

En el equipaje, entre otras muchas cosas, iban los aerosoles contra el asma de Eva, el cuaderno donde dibujaba Eusebio, las gafas de repuesto para los dos mayores, la sudadera de la suerte de Pedro, crema de sol de una marca difícil de encontrar en África, repelente de mosquitos infantil, almohadillas para dormir durante el vuelo, cuatro gorras blancas con visera extragrande.

La primera noche en la tienda de campaña durmieron mal. Por el cambio de hora, la excitación, era su primer viaje transoceánico. Por la mañana estaban semiaturdidos, desorientados.

Aunque habían usado las mosquiteras Pedro, que había elegido dormir con su hermano, tenía abundantes picaduras. No dejaba de rascarse. Alguien del grupo comentó que los mosquitos se sienten atraídos por el olor a dulce. Otro le contestó que no, que era lo contrario: van buscando el sudor de las personas. El padre avisó de que los que comían cosas picantes eran más vulnerables a ser presa de los pinchazos.

Cada uno de los chavales aceptó hacerse cargo durante esos días de una tarea. Eusebio limpiaría todas las mañanas el parabrisas y las ventanillas del todoterreno, Eva recogería la basura en una bolsa, Eugenia vigilaría que siempre hubiera agua a mano. Pedro se ofreció para preparar los bocadillos de las meriendas.

Dentro de los panes todos querían crema de chocolate. Pedro aplicaba con la navaja multiusos una gruesa capa para los de sus hermanas, bastante poco para el de Eusebio y apenas nada, sólo los bordes -por disimular- en el suyo.

Nadie se dio cuenta del plan hasta casi el final del viaje.

Pedro sólo confesó la manipulación tras escuchar una noche sentados alrededor del fuego el estremecedor relato que contó el guía -el niño, tembloroso, creyó que no dejaba de mirarle a él-  y que terminaba con el protagonista enterrado hasta el cuello en la arena ardiente, la cabeza untada con abundante miel a la espera de que llegaran las hormigas devoradoras.